Una de las pruebas atroces por las cuales un párroco comprueba hasta que punto ha arrasado el huracán litúrgico nuestras iglesias es preguntar, al grupo de liturgia parroquial, qué cosa es
liturgia. El resultado es curioso:
Pues... acercar el mensaje del Reino a la gente.
Vamos, un mitin. Lo importante es la palabrería, los símbolos, los gestos... Y el caso es que le doy vueltas, y cuantas más vueltas le doy, más espantado me quedo. ¡Qué daño se le ha hecho a la Iglesia! No señalo a nadie, por que no sé a quien señalar. Además, no adelantamos nada. La cuestión es si yo, sacerdote, se dar una respuesta mejor.
La etimología viene en mi auxilio, pero me deja igual que estaba. Leitourgia, leitos y ergon, pueblo y acción. Acción pública, del pueblo. Pero eso puede ser una manifestación o un meeting. O un happening. La acción del pueblo no es sólo suya para sí, eso seria algo encerrado en sí mismo -como tantas veces ocurre en el culto, con guitarras de vestir o tocar- sino que el centro de gravedad de la acción cae fuera del pueblo. La liturgia, ante todo, es
teocéntrica. En tanto nace del pueblo, es liturgia porque es para Dios. Pero es liturgia ofrecida a Dios por el pueblo porque en realidad es obra suya. Actio Dei, obra de Dios que decía san Benito. Como los salmos, la liturgia es dada por Dios para que se la ofrezcamos, y en ese movimiento descendente-ascendente (anda, como la encarnación y kénosis de Cristo!) nos subamos nosotros por arte de bilibirloque.
Pero aún más. Si liturgia es éxodo del pueblo hacia Dios, porque Dios le empuja, lo es porque Cristo es sacerdote eterno que ha salido del Padre para empujar a la humanidad con él en su glorificación a la diestra. Es él, no el cura de turno -cansino y modorro o inspirado y mistiquillo- quien obra la liturgia ante el Padre, por obra y gracia de su encarnación, en virtud del Espíritu Santo. Es Jesús, quien tomando nuestra carne, ofreció al Padre el culto verdadero y espiritual de su existencia haciendo su voluntad. Luego, nuestra liturgia será tanto más verdadera y espiritual cuanto más lleve la vida al culto y más el culto a la vida. Cuando queramos hacer la voluntad de Dios de veras, vamos. Y cuando en la liturgia no queramos sino la misma voluntad divina (que se expresa, qué curioso, no en las ocurrencias de la catequista o del curita, sino la obediencia a la rúbrica y négrita, a lo que pide la Iglesia en sus ritos)
Liturgia se nos queda muy hermosa, muy dinámica... aquí no hay quien pare: no subiendo y bajando del presbiterio (¡ah, quien pusiera una recia baranda) sino porque es movimiento hacia Dios, llamada a reunirse en lo alto del monte Sión, empujada a subir a lo alto, a no quedarse mirandose el ombligo en una apoteósica exaltación de nuestros sentimientos. Liturgia no es hablar nosotros de Dios, acercar el mensaje de Jesús a la gente, sino dejar que Jesús se acerque a nosotros, y como "agentes
secretos de pastoral" o mejor dicho, apóstoles, y a los demás.
Cada vez me gusta más eso de "Mirar al Traspasado", mirar ad oriens y enseñar a la gente a esperarle. Porque viene, está por venir, ya está vieniendo. Liturgia es gritar como pueblo, como familia de Dios: Veni! Maranatha! Esa es nuestra acción, clamar y esperar, suplicar que venga, confesar que está viniendo, alabarle porque está llegando.